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PATERNIDAD DOMINGUERA  (Febrero, 2006)

En estos tiempos de maduración paternal, en que los padres separados luchan por paternar, que lloran por ver a sus hijos, que se desconsuelan el domingo (por interferencias varias), que cuentan las horas para verlos, jugar con ellos  y regocijarse en su compañía,  la  experiencia de un niño dominguero abandonado por negligencia paterna, es una afrenta  a la infancia. 

 Desde lo observado, esta situación es profundamente impactante, por lo que considero al pequeño doliente de domingo, como el vivo retrato de un muñeco de trapo.

Este dolor de  pequeñines, me permite  arremeter contra aquellos padres periféricos que transitan  por la vida del hijo con  egoísmo consumado, porque  se relacionan con él  cuando no tienen otros afanes que cubran sus espacios. El que algunos padres " domingueros " se parrandean la vida de su hijo es un hecho inaudito, pero irrefutable. 

La  negligencia de la paternidad periférica asombra y entristece porque no es entendible, sobre todo cuando esos padres tienen el bendito beneficio de contar con las circunstancias familiares y legales acordadas. Cuando además, ninguna persona del entorno entorpece ni les impide disfrutar la convivencia del afecto, en esos encuentros preciosos tan plenos de ternura y  de dichosa complicidad.

Esos padres casuales de domingo no sintonizan con la necesidad amorosa del  hijo, quien durante la vigilia dominical acecha los minutos, las horas y realmente siente la eternidad en un día. Esos padres no tienen idea de la ansiedad del niño, no empatizan con él, no saben de su contento, ni saben cómo se prepara, y/o cómo solicita que lo arreglen. Si es una niñita, no les quepa duda que se mirará innumerables veces  al espejo y tendrá los cachetos rojos.

Este día es único para los hijos,  porque les permite regalonear con papá y es una fiesta, porque verse reflejado en sus ojos, es sentirse totalmente queridos. Pero, cuando papá desaparece en ese día  especial, el relato del abandono interno del padre desde la presencia de un niño, es sumamente doloroso.  También es inenarrable  observar la mirada triste de esos pequeños que se sienten aislados y no amados. Ese padre debería  preguntarse, ¿cómo durmió mi  hijo esa noche?

.Estoy segura, que el pequeño tendrá una respiración entrecortada por la penita, porque la espera dominical se convirtió en un día gris, un día que dejó de tener encanto y penita que seguramente se acentuará el día  lunes, cuando en el colegio otros niños relaten cómo de glorioso fue ir al parque y/o al cine con papá.

Este niño dominguero es universal, cubre todos los estratos socioeconómicos (lo he observado en consulta) pero, como es sólo un niño,  no sabe de irresponsabilidades, de descriterios, de deslealtades, de mentiras, de otras parejas y/o de liviandades. Pero, sí reconoce que  no es importante en la vida de aquel que sí es importante para él "parece que me quiere poquito".

¡ Qué duro para estos enanitos, conocer el sabor amargo de esa ausencia¡

El niño construye en  el hogar de su  corazón un refugio  para el padre con el que no convive, y desde ese lugar  surge  la voz de alarma a todo su ser cuando no se siente querido, cuando no se siente arropado con la presencia, la voz, y el afecto del padre. Es increíble, pero la voz paterna tiene un no se qué, que marca la diferencia tanto en una familia intacta como disuelta. La voz materna es la continuación del dulce cobijo uterino y la paterna confirma la alianza entrañable escuchada desde el vientre. En definitiva son los sonidos más únicos,  guardianes de su esencia y de su proyección.

Por eso, y desde lo expuesto, me habilito para solicitar a todos aquellos padres periféricos que tomen conciencia afectiva, porque  ser bendecidos con un hijo y contar con el privilegio incondicional de su amor, es un bienestar para el alma, y  el más precioso don de  vida.

 

María Guisella Steffen Cáceres

Magíster en Ciencias de la Educación con mención en Familia y Licenciada en Relaciones Humanas y  Licenciada en Familia.